Hacía tiempo que Andrea deseaba volver al que fue su lugar de vacaciones durante los veranos de la adolescencia. Esos veranos con los que soñaba en invierno que llegaran pronto para volver de nuevo a disfrutarlos.
Los acontecimientos de la vida han hecho que vaya retrasando su vuelta. Ahora, con motivo de la convención que ha organizado la Delegación Sur de su empresa, ha encontrado el momento de volver. Al ser jueves y viernes, está preparando quedarse el fin de semana para volver a los sitios que guarda en ese rincón de la memoria en el que se quedan los recuerdos especiales.
—Estoy muy ilusionada, mamá, con volver al que era nuestro lugar de vacaciones en verano—. Le comenta a su madre mientras termina de meter en la maleta los últimos útiles de belleza para los días que va a estar fuera.
—Cómo pasa el tiempo. No hemos vuelto desde hace más de 20 años. Seguro que está todo cambiado— Le dice su madre con algo de nostalgia en la voz.
A la mañana siguiente muy temprano se puso en marcha. Durante el viaje fue recordando cada uno de los sitios, los amigos de la época, la playa, los chiringuitos. Sobre todo se acordaba de Mané, un chico del pueblo que fue su primer amor con el que tuvo sus primeros escarceos amorosos, su primer beso. Seguramente, pensó, no haya sido el mejor pero al ser el primero siempre lo guardó en ese sitio especial de su memoria.
Llegó a la hora de comer. Tomó algo rápido en una cafetería y se fue al hotel. Por la tarde comenzó la primera toma de contacto con los compañeros de la delegación del sur. Saludos y abrazos porque todos ya se conocían por diferentes eventos a excepción de José Manuel, una nueva incorporación a la empresa desde hacía poco tiempo.
—Hola, soy José Manuel, encantado, Andrea. Me han hablado mucho de ti y estaba deseando conocerte. —Igualmente— le contestó ella en tono amigable.
Cuando, Manolo, que así llamaban a José Manuel los compañeros, dijo de ir a cenar todos juntos, Andrea, cansada del viaje, declinó la invitación y se fue directamente al hotel. Manolo, insistió en que se uniera a la cena, pero ella no lo hizo. Era un hombre simpático, cercano, con ese gracejo andaluz y desde que se habían conocido intuía que se iban a llevar bien. Le habían asignado el mismo puesto que Andrea tenía en la delegación de Madrid, por lo que iban a tener contacto continuo.
A la mañana siguiente se despertó temprano, desayunó algo ligero en el bufet del hotel y se fue directamente a la primera de las muchas reuniones que iba a tener a lo largo de los dos días. Fueron días agotadores de tomar notas, sacar documentación, hablar por teléfono, pero fueron productivos. El viernes por la tarde se despidieron todos brindando por el futuro que parecía prometedor en la empresa.
El sábado por la mañana, Andrea se levantó temprano, se puso ropa cómoda, vaqueros y playeras, dejó el hotel y se puso en marcha. El sol estaba saliendo por el horizonte anunciando un día radiante y con una temperatura muy agradable. Tenía por delante dos horas de camino para llegar. Tomó la carretera antigua para disfrutar del paisaje, a veces desértico, a veces con una red de acantilados que se extienden por todo el litoral; curvas cerradas que en algunos momentos parecían ir directas al mar embravecido con un oleaje rebelde. Estaba cerca de juntarse con el atlántico y aunque era aún mediterráneo, ya apuntaba maneras. Paró el coche en un lado de la carretera desde donde podía contemplar el inmenso paisaje. Bajó de él, cogió de su bolso un cigarrillo, lo encendió y se puso a disfrutar de las vistas que se extendían a sus pies. Cortados, de pared rocosa, verticales que caen al mar desde los cerros desafiando el abismo a más de 20 metros de altura sobre las rocas batidas por el mar. Y esa luz que solo se puede disfrutar en el sur y que ahora la cegaba.
Cuando llegó al pueblo, lo primero que hizo fue ir a ver la playa. Recordaba que era un camino recto desde la carretera, pero vio que también en este pueblo, habían triunfado las rotondas. Tuvo que pasar varias hasta llegar al aparcamiento. Y allí estaba la misma playa de piedrecillas menudas, el mar con las olas rebeldes, los chiringuitos en el mismo sitio, con las paredes provisionales de caña como hace veinte años. Miró a la izquierda y vio los apartamentos que su familia alquilaba.
Se quitó las playeras, se remangó los pantalones para sentir el contacto de las olas rompiendo en sus pies y paseando se dirigió hacia la zona de apartamentos. Se detuvo en el portal número 8. Allí seguía la urbanización, el bar de la esquina en el que tantas fiestas organizaban. Parecía que el tiempo no había pasado, sin embargo, en su interior, lo sentía diferente.
Cuando se giró para ver el paseo de palmeras que tantas veces había recorrido, se quedó absolutamente parada por la imagen que estaba viendo frente a ella. José Manuel, el compañero nuevo que había conocido en la convención de su empresa, estaba paseando con dos personas mayores.
—Andrea —le llamó con sorpresa el compañero—, cómo tú por aquí? No sabía que venías.
—Yo tampoco sabía que tú podrías estar por aquí, le contestó ella sorprendida. —He aprovechado la reunión de la empresa para volver al sitio donde venía con mi familia cuando era adolescente.
En ese momento, la madre de José Manuel se acercó a Andrea, mirándola fijamente y le dijo —Te recuerdo, querida. Estabas en la pandilla de Mané y venías a casa, a menudo, a comer el pulpo que pescaba mi padre en la zona rocosa donde estaba el hotel, te acuerdas? Hoy ya está prohibida esa pesca—. le explicó.
De repente, Andrea lo vio todo con claridad, José Manuel, era el Mané de su adolescencia, su primer amor. Y repitió para sus adentros la frase de Nelson Mandela:

10 marzo, 2022 en 11:53 pm
Precioso. Saludos cordiales.
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12 marzo, 2022 en 8:14 pm
Muchas gracias por tu visita y que te haya gustado. Saludos!!!!!
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11 marzo, 2022 en 10:28 am
Reblogueó esto en RELATOS Y COLUMNAS.
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12 marzo, 2022 en 8:24 pm
Muchas gracias por tu difusión. Un abrazo, Manu!!!!
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12 marzo, 2022 en 8:15 pm
Muchas gracias, Manu por tu difusión!!!! Un abrazo.
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13 marzo, 2022 en 12:18 am
Un texto redondo y cerrado con esa frase tan contundente. A veces cuesta no creer en el destino, incluso para los que no creemos demasiado en él. Un abrazo.
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13 marzo, 2022 en 12:58 pm
A veces tenemos esa extraña sensación de lo inesperado en nuestras vidas. ¿Será la casualidad o el destino?…….
Muchas gracias por estar ahí. Un abrazo!!!!
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24 marzo, 2022 en 9:56 pm
Que belleza narrativa amiga!! hasta último momento no se divisa el final. Y con respecto al primer amor!!!… ¿quién puede olvidarlo? A decir verdad, pocos tienen la suerte de pode decir que fue el primero y el único hasta ahora, como yo. A pesar de todos los cambios que los dos hemos tenido. Abrazos
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25 marzo, 2022 en 2:01 pm
Muchas gracias, amigo!!! Sí que es verdadera suerte poder decir, como tú, que aún sigues con tu primer amor. Y que sea por muchos años más. Un abrazo!!!
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25 marzo, 2022 en 3:56 pm
Gracias Marylia!!! Abrazos y buen finde
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27 marzo, 2022 en 11:00 pm
El tiempo definitivamente deja sus huellas…
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29 marzo, 2022 en 1:09 pm
Así es. Muchas gracias por tu visita. Saludos!!!
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29 marzo, 2022 en 5:51 pm
Vaya final inesperado!!!! Me ha gustado mucho!!
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29 marzo, 2022 en 9:07 pm
Muchas gracias por tu visita y por tus palabras!!!
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Pingback: Cómo hemos cambiado — maryliablog – Luis Alberto
6 octubre, 2024 en 10:09 pm
Pues una preciosa historia amiga, a veces cambian los lugares y otras cambiamos nosotros.
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6 octubre, 2024 en 10:56 pm
Así es, amiga. Me alegra que te haya gustado. Un abrazo.
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