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La vida y otros cuentos


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Descubrimientos en tiempos de coronavirus «Vulnerabilidad»

Cuando vi los ojos de Marina entendí que algo no iba bien. Ella es una mujer a la que le hablan los ojos, son el espejo de cómo se siente en cada momento. Y ahora, cuando el resto de la cara se esconde bajo la mascarilla, esos ojos hablan más que nunca. Ese día los tenía tristes y apagados.

—Me siento rara, algo cansada. —Me contestó al preguntarle cómo se encontraba.

—Será el cambio de tiempo, Marina. Sabes que el cambio de estación siempre afecta y el otoño está llegando. —Le dije para animarla.

—Quizás, pero a mí nunca me ha pasado anteriormente. —Me confesó en un tono triste y temeroso.

Seguimos charlando en el café donde a menudo nos encontrábamos para contarnos nuestras cosas. Nos gustaba ir allí. Es un sitio pequeño, acogedor, con pocas mesas que guardan la distancia de seguridad, geles hidroalcohólicos por varias zonas del local y un ambiente muy agradable. Siempre nos sentábamos en una mesa que daba a un gran ventanal, semiabierto a pesar del frío, donde podíamos ver el ir y venir de la gente. Nos pedimos «lo de siempre» como le decíamos al camarero que ya nos conocía y sabía de nuestros gustos por el buen café y la bollería que hacen artesanalmente.

Estuvimos hablando de lo cerca que están las navidades, de los planes que tenía con su pareja, Daniel, con quien lleva tres años compartiendo su vida. Siempre les ha gustado pasar la fiesta de nochevieja fuera de España, pero ahora con la pandemia, prefieren pasar las fiestas en casa.

Una conversación agradable como siempre que estaba con Marina, pero en esta ocasión estaba dispersa, con el pensamiento en otro lado. Ese día no estaba allí conmigo. Nos tomamos el café y nos despedimos con un abrazo de lado, sin besos, y con la promesa de volver a vernos pronto.

Al día siguiente, recibí una llamada de Daniel diciéndome que Marina se encontraba en el hospital por haber dado positivo en Covid. Al no tener fiebre y pocos síntomas, la enviaron a casa. Él había dado negativo, no obstante, tenía que permanecer aislado durante diez días. Me quedé perpleja, no supe reaccionar, no podía imaginar que ese cansancio que tenía Marina pudiera desembocar en esta enfermedad tan temida que nos asola. Ella tiene la vacunación completa y siempre ha sido prudente en los contactos y en las salidas. Desde que empezó la pandemia nos hemos visto siempre fuera o en sitios concretos y muy bien ventilados.

Al haber sido contacto estrecho de Marina, yo también me tenía que hacer las pruebas y confinarme en casa. Y así empezó el viaje del coronavirus. Médicos, pruebas de antígenos, pcr, aislamiento y ese miedo que se nos mete dentro y nos atenaza sin capacidad de reacción. Por suerte, a mí, las dos pruebas me dieron negativo. No obstante, tuve que estar aislada en casa durante 10 días.

A pesar de todas las precauciones, un día, de golpe, llega el maldito virus y nos encontramos desnudos frente a él con el temor de no saber cómo va a reaccionar nuestro cuerpo. Comienzan una serie de emociones en las que vamos de la alegría a la incertidumbre, de los planes a la decepción. Esa sensación de volver a pasar por días y noches en los que no sabemos qué hacer.

Cuando pensábamos que las conversaciones a través de una pantalla ya habían pasado, nuevamente Internet ha sido clave para ello. La frase «Todo va a salir bien» tan repetida en el tiempo de confinamiento del pasado año también ha vuelto a cobrar fuerza y a repetirla diariamente en nuestras conversaciones telefónicas o por WhatsApp.

El día en el que pude ver la carita de Marina a través de videoconferencia fue fantástico.

—Hola, amiga, —me dijo con la voz algo débil—. No sabes cómo te he echado de menos.

—Marina, qué bien poder vernos aunque sea a través de la pantalla.

Nos miramos emocionadas, observándonos, como queriendo confirmar que estábamos bien.

Pasados los diez días a Marina le dio la pcr negativo y poco a poco fuimos retomando la «nueva normalidad» con la que llevamos conviviendo más de un año. Hemos vuelto a nuestros encuentros y a nuestras confidencias en el café que tanto nos gusta, siendo conscientes de la vulnerabilidad que tenemos ante el virus aún sin ser personas de riesgo y estar vacunadas.

Debemos seguir cuidándonos porque la pandemia se sigue paseando por las calles y plazas indiscriminadamente. Debemos estar fuertes para no caer en sus redes y las vacunas son primordiales para ello. Porque queremos que esto termine, cuidémonos entre todos.


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Descubrimientos en tiempo de coronavirus. La magia de la vida

La vida nunca deja de sorprendernos y su magia hace que de vez en cuando nos bese en la boca, como dice la canción de mi admirado Juan Manuel Serrat: «De vez en cuando la vida nos besa en la boca…. y está tan bonita que da gusto verla…» Pues bien, de nuevo, la vida se ha sentado conmigo, me ha besado y me ha anunciado otro descubrimiento maravilloso.

El descubrimiento ha sido en forma de noticia familiar. Un acontecimiento que hace que no se me quite la sonrisa de la cara, desatando en mí una ola de sentimientos maravillosos. De nuevo, voy a ser ABUELA. Mi hija está esperando un bebé. Llega a la familia otro rayo de luz convirtiéndome en la abuela más feliz del mundo.

Siento que la vida me brinda la oportunidad de seguir descubriendo el amor incondicional de abuela con otra personita que está en camino para cuidarla, amarla y protegerla.

«De vez en cuando la vida saca un conejo de la vieja chistera y uno es feliz como un niño cuando sale de la escuela…» Y así estaré yo, feliz, para disfrutar de su felicidad y compartirla.


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Miradas

Todos los días buscaban en la playa el hueco por el que sus miradas se podían encontrar sin que nadie les viera. Cada uno se tumbaba en la arena, sobre la toalla, debajo de la sombrilla y entre las sillas y los cuerpos sudorosos de los que estaban alrededor, encontraban la manera de mirarse. La mayoría de las veces sus miradas fugaces coincidían enviando un mensaje que entendían a la perfección. En alguna ocasión la mirada del otro no estaba y tenían que hacer varias hasta encontrarse de nuevo.

Desde que coincidieron en la misma playa y sus miradas se encontraron, los dos sintieron un calor en la sangre comprendiendo que iban a ser algo más que vecinos de playa.

Ella tenía pareja y él iba con su familia al completo, esposa, hijos y padres. Pero se deseaban, miradas furtivas, manos que se juntaban la una con la otra, disimuladamente, cuando se cruzaban al entrar o al salir.

Ella pensaba, desde hacía algún tiempo, que era invisible a las miradas de los hombres. Estaba en esa edad en la que ya no se sentía atractiva. Que él se fijase en ella le hizo volver a experimentar esa sensación de verse atraída por alguien de nuevo. Todos los días deseaba ir a la playa para buscar la mirada de él.

Una tarde en el roce de manos que tenían cuando se encontraban, él dejo deslizar una nota escrita en un trozo de papel. Su corazón comenzó a acelerarse como cuando tenía quince años y sentía el primer contacto con algún chico de la época. Nerviosa, consiguió esconder la nota en un lateral del bañador, deseando ir a un lugar discreto para poder leerla. En la nota, con una letra irregular que se notaba escrita con rapidez, le decía que deseaba verla al anochecer en la playa. Ahora, que había llegado el momento, le asaltaba la incertidumbre de estar a su lado, escuchar su voz y verse, frente a frente, sin gente alrededor.

Lo encontró sentado en un montículo de arena mirando al horizonte. El oleaje había traído una marea fuerte y se había quedado mucha tierra acumulada en la orilla. Se puso a su lado. Él al notar su presencia alargó la mano para coger la de ella y entrelazarlas. En ese momento, sus miradas se encontraron de frente observándose detenidamente, con un lenguaje no verbal en el que iban descubriendo la complicidad que existía entre ellos. Siguieron con las manos entrelazadas y el deseo recíproco que sentían hizo que sus labios se juntaran pensando los dos en un nuevo tiempo que se abría ante ellos.

«Hay quien te dice con la mirada lo que con su voz no puede». Anónimo


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Descubrimientos en tiempos de coronavirus: Mis heroínas sin capa

Tenían mucha prisa por salir. Sabían que toda la familia las estábamos esperando para darles todos los mimos y todo el cariño que ya les transmitíamos, hablándoles, poniendo nuestras manos en la tripita de su mamá. Y decidieron salir aún no estando preparadas para ello, teniendo que quedarse en la unidad de neonatos del hospital.

Esa unidad, un microcosmos que para sus papás, desde el primer momento, pasó a ser su mundo cuando no sabían nada de él. Comenzaron a familiarizarse con sonidos desconocidos como los de las máquinas de las incubadoras, comenzaron a ver que también había otros papás y mamás que estaban en las mismas circunstancias. Un mundo de realidades desconocidas en el que tuvieron que sumergirse sin previo aviso. Una prueba muy dura a la que la vida les ha sometido y que nunca van a olvidar.

Este tiempo ellos lo han calificado como de «montaña rusa». El nivel tan alto de estrés que han sufrido ha sido inimaginable. Han pasado por días mejores y días peores, días de angustia y días de esperanza. Y he admirado, en esos momentos, su carácter fuerte y su ánimo para afrontar esta prueba tan sumamente difícil para unos padres que se acababan de estrenar y no podían tener a sus hijas con ellos. Han sacado fuerzas de donde no había, han estado allí, con sus niñas, en los horarios que les marcaba el hospital. Siempre firmes, siempre enviando a sus hijas energía positiva a través del método «piel con piel» que tan bien les ha venido para poder disfrutar de ellas en este tiempo de restricciones. He comprobado lo fuertes que han demostrado ser soportando ese nivel de angustia siempre con una sonrisa. Mis nietas son dignas herederas de sus padres.

En casa, siempre habíamos imaginado que la primera experiencia de ser abuelos iba a ser coger a nuestras nietas, abrazarlas y disfrutarlas desde el primer momento. Sin embargo, no ha sido así y la primera experiencia de ser abuelos de dos niñas preciosas ha sido estar pendientes en todo momento del teléfono o de los mensajes de wasap para poder tener noticias de su evolución, ya que por las restricciones del coronavirus no podíamos ir a verlas aunque fuera a través de una mampara de cristal.

Desde que llegaron las niñas, nuestro mundo ha girado en torno a ellas. Ávidos de noticias esperanzadoras que cuando se retrasaban, se cernía sobre nosotros una nube negra de incertidumbre que nos atrapaba por entero, descubriendo una realidad para la que tampoco estábamos preparados. Pero, sobre todo, descubriendo un amor incondicional e inmenso que estábamos deseando darles a raudales.

Qué importante es la familia y los amigos en estos momentos de tanta vulnerabilidad. Cuando la pandemia acecha y quiere morder a nuestro alrededor, cuando parece que todo se desmorona en nuestro entorno, ahí está el lazo invisible del amor y la amistad que nos une y hace que unos a otros podamos reconfortarnos y darnos fuerza. Eso hemos hecho en nuestra familia, el lazo del amor ha estado muy presente, transmitiendo, a través de él, a nuestros hijos y a nuestras nietas, todo el apoyo emocional, toda la positividad, la fuerza y la seguridad de sentirse acompañados y respaldados en todo momento. Hemos ido celebrando con ellos cada uno de los gramos que iban cogiendo las niñas, el traslado de la zona de incubadoras a la de cunitas donde ya sus papás podían cogerlas sin límite de tiempo, tenerlas en su regazo, contribuyendo así a unir el hilo conductor que existe a través del diálogo del amor. Otro apoyo incondicional ha sido el de los y las magníficos profesionales de la unidad de neonatos, su empatía, su ayuda, estableciendo una estrecha relación con los papás; y sus magníficos cuidados a las niñas han hecho que este tiempo incierto haya sido más llevadero y que el día de la despedida las emociones hayan estado a flor de piel.

Mis nietas son luchadoras natas desde su concepción y he descubierto que son iguales pero diferentes a la vez. Cada una ha marcado sus tiempos y decidido el momento de estar lista para llegar a casa. Nos han dado una enseñanza de vida de la que hemos aprendido que cada una es única y las dos juntas son pura fortaleza. Dos personitas superándose cada día ante la adversidad.

Siempre he pensado que los hijos tienen la facultad de ser un bálsamo. Cuando después de tener un parto complicado vemos sus caritas, todo el sufrimiento anterior se borra de un plumazo de nuestra mente. Eso me ha ocurrido con mis nietas. Cuando ha llegado el día en el que ya están las dos juntas y he visto sus caritas, su luz me ha envuelto haciendo que se me olvide el tiempo pasado de nubes negras transformándose en un cielo azul desbordando de amor mi corazón. Ahora, comienza la aventura maravillosa de ser abuela.

Ellas, CLARA Y EMMA, son mis HEROÍNAS SIN CAPA


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VOLVER

Siempre he sabido que venir a la playa tiene un efecto beneficioso en nuestra salud y bienestar. Nos da energía, a la vez que calma nuestra mente, pero nunca lo había sentido como ahora, aquí, contemplándola. Siempre la he disfrutado al máximo, pero ahora la descubro como una necesidad.

Desde mi privilegiado observatorio, veo a algún valiente tratando de meterse en el mar, veo la cadencia de las olas como ondas de agua, golpeando la playa, escuchando su sonido tan característico, una y otra vez, atrás, adelante, sintiendo su olor, siempre ahí, en su inmensidad, majestuosa.

En la calma que da estar frente a la orilla en este tiempo en el que la playa está desnuda de sombrillas, cubos, palas, bullicio, en la que solo hay arena y soledad, mi conexión con ella se hace doblemente fuerte. Hay días en los que el mar está algo más alborotado, quizás, es su manera de protestar ante lo que está pasando. Pero me envuelve y me hace sentir que estoy mucho más conectada conmigo misma, con la vida y arraigada a esta playa donde siempre quiero volver.


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En estos días en los que la crispación política ha cogido una temperatura muy elevada en Madrid, donde acaba de terminar una campaña electoral absolutamente bronca y reñida, una campaña de bloques en la que se ha hablado mucho de democracia, sí, pero también de fascismo y en la que no han faltado amenazas en forma de cartas con balas dentro, me ha venido a la memoria el relato que hice sobre una parte de la historia de mi familia paterna, una familia separada y marcada por una guerra civil y una dictadura, que hicieron que dos hermanos nos pudieran compartir sus vidas y sus descendientes tampoco. Unos nos quedamos aquí y otros se exiliaron a Francia. Y he creído oportuno publicarlo, en estos momentos, aquí, en mi blog.


LA FAMILIA DE FRANCIA

«Je vous parle d’un temps que les moins de vingt ans ne peuvent pas connaître…» preciosa canción de Charles Aznavour con la que empiezo mi relato sobre una parte de la historia de mi familia en la que el pasado tuvo una importancia vital para el presente que tengo.

No podía imaginar que la mañana del 29 de septiembre de 2018, al abrir un correo, nuevamente el pasado de mi familia paterna entrase en mi vida. De repente, los recuerdos se me agolpan en la memoria y el pasado cobra vida dentro de mí. Percibo el sentimiento con que mi padre, en los últimos años de la dictadura, me contaba lo que vivió durante la Guerra civil española. Porque de eso trata mi relato. De una familia separada a causa de la Guerra Civil Española.

Durante mi infancia, no recuerdo que en mi casa se hablase de la Guerra Civil.  Reinaba un silencio que nadie osaba saltarse. Dos veces al mes, llegaba puntualmente el cartero con una carta que, por el matasellos, sabía que era extranjera. A veces, el sobre venía con los bordes azules y rojos y ponía «par avion»  y a mi padre se le iluminaban los ojos cuando abría esas cartas. En esos momentos, me decía: «Es de la familia de Francia» y así fui sabiendo que tenía una familia en Francia, comenzando a imaginar cómo sería el día en que nos pudiéramos conocer. Francia, desde ese momento, empezaba a cobrar importancia en mi vida.

Con el tiempo, y según iba creciendo, fui cogiendo retazos de conversaciones confidenciales que mantenían los mayores en las largas sobremesas que se hacían en mi casa y comencé a entender el sufrimiento que hubo en mi familia paterna a causa de la Guerra Civil.

Mi padre era adicto a la lectura. Le gustaban, sobre todo, los libros de historia. La primera vez que empezó a hablar abiertamente de la Guerra Civil fue cuando llegó a sus manos un libro sobre el campo de concentración de Mauthausen. En él figuraba el nombre de su hermano asesinado en Gusen el 14 de noviembre de 1941. Gusen era un campo aledaño a Mauthausen donde los nazis llevaban a los prisioneros a morir. Mi padre se enteró de esa terrible manera que su hermano estaba muerto, ya que, hasta ese momento, le daba por desaparecido, albergando dentro de sí la esperanza de volver a encontrarlo algún día. Aún recuerdo, emocionada, como llamó a mi madre, con un hilo de voz, dándole la fatal noticia.

Mi familia paterna era una familia humilde de un pueblo de Extremadura.  Mis abuelos tuvieron tres hijos, dos hombres y una mujer. Mi padre era el pequeño de los tres y su hermano, el mayor. Ellos cuidaban el ganado y trabajaban el campo por el día, pero cuando llegaba la noche, a los dos hermanos les gustaba ir a la clase nocturna que daba el maestro del pueblo para aprender a leer, a escribir, y a hacer «cuentas». Mi padre, durante toda su vida, tuvo un espíritu de superación ejemplar.

Tanto mi padre como mi tío eran jóvenes con fuertes ideales y con un gran sentido de la justicia social. Fundaron con otros vecinos la «Casa del Pueblo» y allí comenzaron a formarse en el socialismo. Eso tuvo sus consecuencias cuando tiempo después llegó la Guerra. Mi padre, con rabia contenida, me contaba como varios guardias civiles le sacaron de su casa y con una pistola en la sien le obligaron a tomarse una botella de aceite de ricino. Por «rojo». Pero la dignidad pudo más que el miedo y la purga no hizo su efecto.

Mi padre tenía veintiún años cuando estalló la Guerra Civil. Fue reclutado para el servicio militar por el ejército franquista, mientras que su hermano, con treinta años, era militar del ejército republicano, luchando en el bando contrario. A partir de ahí, en la casa familiar todo cambió, llevándose la pena a su madre, mi abuela, en mitad de la guerra, viendo como su vida se desmoronaba.

Recuerdo a mi padre, con voz entrecortada, contándome su llegada al pueblo unos meses más tarde, con motivo de un permiso, encontrándose con la noticia de la muerte de su madre. Allí quedó su padre, mi abuelo, con su hija, mi tía, y la mujer de su hermano con dos niños muy pequeños que nunca llegarían a conocer a su padre, al igual que mi padre tampoco volvería a ver a su hermano. Supo que pasó la frontera con Francia a finales de la guerra y según contaba, con orgullo, tenía la graduación de coronel. Una familia separada y destrozada por una Guerra maldita.

Mi tío formó parte del más de medio millón de hombres, mujeres y niños que, a finales de la Guerra, cruzaron la frontera camino del exilio sin saber lo que les esperaba al otro lado de los Pirineos. Campos de trabajo rodeados de alambradas, donde el hambre, el frío y toda clase de penalidades provocaron que perecieran miles de refugiados españoles. Mi tío, superviviente de ese primer campo de concentración, se alistó en las filas del ejército francés, en las «Compañías de Trabajadores Españoles«, y de ahí llegó como deportado al campo de Mauthausen.

Mi padre, una vez terminada la Guerra, regresó al pueblo. El retorno se hizo muy difícil. La casa que le vio nacer ya no era la misma. En los rostros de la familia se reflejaba la pena, la rabia, el hambre y la humillación que sufrieron por ser del bando perdedor. Mi padre hizo todo lo que estuvo en su mano, convirtiéndose en padre para sus sobrinos y en el mejor apoyo para su cuñada. Pero finalmente, sucumbieron a todas esas calamidades.  Mi padre marchó a Madrid y con él mi abuelo. Mi tía y mis primos, con la ayuda de un familiar que ya estaba en el país vecino, cruzaron la frontera. Ellos, en ese momento, no sabían que era un viaje sin retorno.

Según contaba mi padre, la llegada de mi tía con sus hijos a París fue muy dura. Idioma diferente, costumbres diferentes, pero la capacidad del ser humano para resistir ante las adversidades, es inimaginable y poco a poco se fueron adaptando a esa nueva vida.

El tiempo y la distancia se encargaron de ir espaciando las cartas hasta que, en algún momento, años después, dejó de venir el cartero para traer noticias de la familia de Francia.

Mi padre, hasta que falleció en el inicio del siglo XXI, siempre llevó en su corazón a sus sobrinos y a su cuñada y todo su silencio, preso del miedo en los años de la dictadura, lo fue dejando a un lado para contarnos su historia de lucha, sintiendo como, en lo más hondo de su corazón, seguían vivos los recuerdos a pesar de los años.

La vida, después del dolor que me produjo la muerte de mi querido padre, un hombre bueno, generoso, tolerante, que sufrió en carne propia la Guerra Civil, siguió su rumbo inexorable. Pero dentro de mí seguía viva la curiosidad por saber qué habría sido de mi familia de Francia, si estarían vivos, si estarían bien y qué recuerdos tendrían ellos de su familia española.

La Ley de Memoria Histórica aprobada en el año 2007, abrió ante mí un camino de posibilidades que comencé a explorar. Navegando por internet, encontré la página web «La Memoria Viva» donde descubrí el gran trabajo que desarrollan contra el olvido, y contra el nulo reconocimiento que han tenido en España todos los que lucharon por la libertad y la democracia.  Pero no solo fue ese el descubrimiento.

Una tarde de la primavera del año 2009, en la soledad de mi casa, delante del ordenador, mis ojos se quedaron fijos en un post de la página web de la Asociación, donde figuraba una reseña con el nombre de mi prima, la hija de mi tío, hablando de su padre desde su casa en las afueras de París. En esa entrevista que hizo con motivo del 70 aniversario del exilio español y de las indemnizaciones que daba en aquel momento el gobierno francés, hablaba de las miserias pasadas: «He pasado muchas miserias en España y en Francia, pero en Francia he podido trabajar y comer», recalcaba.«En España no sabía qué gusto tenía la carne».

Una mezcla de alegría, nerviosismo, emoción, me recorrió todo el cuerpo. Rápidamente, me vino el recuerdo de mi padre, cómo se sentiría él si estuviera a mi lado, viendo juntos la noticia. Después de esos momentos de sorpresa, fui avanzando en la noticia sin imaginarme que me encontraría con una mayor. Otra reseña donde descubrí un nombre y un apellido idénticos a los de mi tío. La emoción y el interés iban en aumento según iba descubriendo quien era la persona que escribía. Era su nieto que llevaba el mismo nombre y homenajeaba a su abuelo, escribiendo lo orgulloso que se sentía de él y de su familia.

De la emoción pasé a la zozobra y a querer saber todo lo que ponía en esas páginas. Una narración completa y detallada, en francés,  de cómo era la existencia de los deportados en el campo de concentración Mautahusen y el aledaño Gusen clasificados en grado III. Campos de exterminio donde la vida se iba por los hornos crematorios.

Rápidamente, me puse en contacto con el presidente de la Asociación para ver cómo podría localizar a mi familia. Esa noche, después de contarlo en casa, me resultó difícil poder conciliar el sueño. Al día siguiente, me puse manos a la obra, siendo clave su ayuda. Me puso en contacto con una investigadora andaluza y cofundadora de la Asociación para la Memoria Histórica. Gracias a ella y a su gran labor con todas las familias de los presos españoles que perdieron la vida en Mauthausen, pude localizarlos. No así al nieto de mi tío, que, en ese tiempo, no respondió a mi reseña en la página, ni a los correos que el presidente desde la Asociación, le escribió.

La primera vez que cogí el teléfono para hablar con mi prima, no me salía la voz cuando pregunté por ella al señor que descolgó el teléfono con un «Aló«. Momentos después escuché una voz de mujer que me llamaba «prima» en un perfecto español, con acento extremeño, y comenzó a hablarme y a contarme y a preguntarme y a decirme lo que quiso a su «tío Juanito» y el interés que siempre tuvo por él. Me sorprendió su conocimiento de la vida de mi padre y según la escuchaba hablar, con ese acento tan característico de Extremadura, parecía que la conociera de toda la vida, como si nos hubiéramos visto ayer. No recuerdo exactamente el tiempo que estuvimos hablando esa primera vez, pero desde luego fue mucho. Terminamos con el deseo de volver a hablar muy pronto. Y así, telefónicamente, fue como nuestras vidas se volvieron a encontrar y comenzamos a saber la una de la otra, poniéndome al día de toda la familia de Francia y sintiendo el cariño que, a pesar de la distancia, nunca se desvaneció.

El acontecer de la vida nos volvió a separar, y desde hacía cuatro años, no tenía noticias de la familia de Francia.

En este tiempo en el que los recuerdos se han ido desvaneciendo y el interés por mi familia paterna se ha ido suavizando, vuelvo al 29 de septiembre de 2018 fecha con la que comenzaba este relato. Al abrir el correo, un escalofrío me recorrió el cuerpo. Me escribía el nieto de mi tío.

De nuevo, me invadió un sentimiento de sorpresa, emoción, nerviosismo, me escribía, en francés, preguntándome por la familia y deseando que todos estuviéramos bien.

De nuevo, la Asociación de la «Memoria Viva» ha tenido especial importancia. Al preguntarle cómo había encontrado mi dirección de correo, me dijo que fue a través de la Asociación.

Desde ese momento, mi familia de Francia está presente en mi vida. Comenzamos a intercambiar fotos, vídeos, correos y las redes sociales han hecho que estemos en permanente contacto. Me he encontrado con que tengo una gran familia. Estoy feliz de que se haya hecho por fin realidad lo que durante tantos años he deseado.

Hoy, por fin, la familia de Francia ha llegado a mi vida para quedarse definitivamente

Nota.- Cuando empecé a escribir el relato no se había publicado aún la relación de los españoles fallecidos en el campo de exterminio Mauthaussen-Gusen , víctimas del horror nazi y que, aunque tarde, por fin un gobierno ha dado el paso de reconocer a estos hombres y mujeres como españoles asesinados por el nazismo por defender la libertad y la democracia y devolverles la dignidad. En este listado figura mi tío.

BOLETÍN OFICIAL DEL ESTADO Núm. 190 Viernes 9 de agosto de 2019 Supl. N.   Pág. 146

«Los fascistas del futuro se llamarán así mismos antifascistas«. Winston Churchill


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EL 2020

Se marchó Diciembre y con él el 2020. Un año en el que hemos estado varados como un barco en tierra de nadie.

Un año en el que siempre he tratado de tener un punto de optimismo a pesar de ser un tiempo duro y difícil en el que la tristeza, la nostalgia y la incertidumbre han logrado meterse tan dentro de nosotros que es difícil sacarlas de nuestras vidas por mucho que lo intentemos.

Ahora, con la perspectiva que da el paso del tiempo, vemos realmente que cuando comenzó el 2020 no podíamos imaginar lo que estaba por llegar. Sin saberlo, comenzábamos a entrar en un túnel oscuro en el que la luz tardaría en verse. Ese tiempo de confinamiento severo en el que las ocho de la tarde de cada día se convirtió en cita esperada para poder saludarnos y hablar desde la distancia de las ventanas o los balcones, aplaudiendo a los sanitarios.

Con la primavera ya avanzada llegó la «nueva normalidad» en la que pudimos ver, al fondo de ese túnel oscuro, algo de luz. Esa «normalidad» de mascarilla, gel, distancia social, que nos permitió salir de nuestras casas, poder pisar la calle y sentir los rayos del sol, dejando en letargo la tristeza y la nostalgia.

Y llegó el verano, ese período estival en el que el calor y los días largos han sido los mismos de todos los veranos pero que, este, del 2020, lo vamos a recordar siempre como un verano diferente. Verano con la mascarilla ya incorporada a nuestra rutina habitual.

Y llegó el otoño, un otoño cómplice en cuanto a temperatura, descubriendo un noviembre primaveral, con sus días apacibles, en los que el sol estaba presente y podíamos pasear disfrutando de bonitos atardeceres, a la vez que el virus volvía por sus fueros, las cifras de contagios se expandían velozmente y el desolador túnel, con la tristeza y la nostalgia, amenazaban con volver.

Y ha llegado el invierno y con él las Navidades. Unas Navidades en las que hemos hecho lo posible por crear el ambiente navideño de siempre y mantener la ilusión, pero nos ha sido muy difícil conseguirlo porque nos ha faltado algo muy importante, los abrazos, el sentirnos cerca y podernos reunir con nuestros seres queridos. Estas fiestas han sido el broche diferente para un año diferente.

No quiero terminar este post sin hablaros de uno de los mejores descubrimientos que he tenido a lo largo del 2020, vosotros, los que os habéis tomado un poquito de vuestro tiempo para visitar mi blog. Con vuestros «me gusta» o comentarios, he sentido que estamos conectados a través de este espacio común en el que expresamos nuestras inquietudes, incertidumbres, experiencias, dudas, en definitiva, nuestros sentimientos. GRACIAS!!!!

Ahora que ya estamos en el 2021, deseo que sea un año de esperanza para todos. Qué esté presente la SALUD con mayúsculas y que podamos, nuevamente, descubrir las emociones que sentimos cuando nos besamos, cuando nos abrazamos, cuando nos acariciamos.

FELIZ AÑO 2021

«Por muy larga que sea la tormenta, el sol siempre vuelve a brillar entre las nubes». Kahlil Gibran


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Descubrimientos en tiempos de coronavirus: Noviembre primaveral.

Después del paréntesis del verano en el que pude salir de mi casa en la ciudad para ir a mi otra casa en un pueblecito bañado por el mar, vuelvo a escribir sobre otro de los descubrimientos en estos tiempos de coronavirus: Noviembre primaveral.

En esta época del año en la que lo normal es ir con abrigo, bufanda y guantes, con las luces de Navidad ya puestas en las calles, siendo de noche a las seis de la tarde, aún podemos salir a pasear solo con una chaqueta liviana. El tiempo se hace nuestro aliado y nos da un respiro antes de que venga el invierno de verdad o un nuevo confinamiento. Siento el otoño como la estación más bonita del año, y me gusta ver los colores de las hojas de los árboles, cuando se van quedando desnudos, pasando de ocres a rojizos o amarillentos. Siento el poder de la naturaleza a mi alrededor paseando por el campo que tengo detrás de mi casa, al igual que sentí la primavera cuando salí por primera vez después del confinamiento duro.

Desde aquí, os invito a que antes de que acabe este noviembre primaveral, aprovechéis para salir y disfrutar de lo que nos dejan. Caminar, recoger toda la luz del sol y guardarla en nuestro interior, tomar un café en la terraza de un bar al aire libre, hacer una excursión al campo y disfrutar de la temperatura tan suave que tenemos estos días. Vamos a agarrar este tiempo cómplice y vamos a sacarle el jugo hasta que se agote y nos toque quedarnos en casa.

A ese tiempo que está por llegar también tenemos que intentar sacarle el mejor partido en esta nueva normalidad. La era digital también se torna aliada y pone a nuestra disposición la posibilidad de estar con la familia y amigos en reuniones online, ver, desde el sofá de nuestra casa, obras de teatro, cine, o conciertos en vivo de nuestros artistas favoritos.

No dejemos que nos invada la tristeza y la nostalgia. Vamos a darle la vuelta a este tiempo de incertidumbre, generando resiliencia para afrontar el futuro con fortaleza. Dispuestos a ello!!!

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Tardes de verano

Me gustan las tardes de verano, en la playa, cuando el sol ya no está tan alto. Voy lentamente caminando por la orilla del mar, notando como las olas vienen a mis pies, majestuosas, con ese ruido potente, para seguidamente dejarlos desnudos. Poco a poco voy hacia adentro, adaptándome al cambio de temperatura, aunque el Mediterráneo es un mar cálido por naturaleza.

Mar en calma, olas tranquilas, aguas transparentes que invitan a disfrutar. El mar me arropa y miro al cielo, de un azul intenso, con alguna nube que parece algodón de azúcar. Calma total. Parece una tarde de verano más de las muchas que llevo aquí. Las olas, una tras otra, van y vienen en un compás en el que parece que el tiempo no ha pasado y siento que es el mismo verano de tantos otros donde el tiempo es interminable, donde nos reunimos los amigos para ver los atardeceres maravillosos, donde el mar va cambiando de color a la vez que el sol se va escondiendo y recibimos a la luna envuelta en un cielo de múltiples colores. En ese momento, mágico e irrepetible, nos abrazamos y celebramos la vida juntos, sabiendo que tenemos todo el verano por delante para disfrutarlo.

Si cambio la mirada hacia la arena, el paisaje cambia por completo. Es una tarde de verano diferente. La gente va con mascarilla, no veo grupos de niños y niñas, jugando, haciendo castillos de arena. Las sombrillas están muy distanciadas unas de otras y siento, especialmente, la ausencia de los amigos contemplando el atardecer.

Decido volver la mirada hacia adentro, hacia el horizonte, donde se junta el mar con el cielo para seguir creyendo que son las mismas tardes de otros veranos en la playa de mi vida.


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Descubrimientos en tiempos del Coronavirus 5: El maquillaje en la nueva normalidad

No soy de las que se ponen maquillaje, sombra en los ojos,  rimmel en las pestañas todos los días,  pero siempre, hasta este momento, he salido a la calle con un toque de «rouge» en los labios y algo de color en las mejillas. Formaba parte de mi rutina diaria, como ponerme los zapatos o coger las llaves de casa.

Cuando comenzó el confinamiento, esa rutina se quedó varada y estuve tres meses con la cara lavada sin ningún tipo de aditamento que no fuera la crema diaria. Ahora, con la nueva normalidad, podemos volver a salir y descubro que comienza una nueva rutina.

Ahora, antes de salir, lo que busco en el armario del cuarto de baño no es el colorete y el lápiz de labios, es el paquete de mascarillas y el gel hidroalcohólico. Cojo una del paquete, previa desinfección de las manos, y me miro en el espejo para ver que me queda ajustada, que las gomas están bien pegadas a la orejas, que está bien sujeta a la nariz para que cuando me ponga las gafas no se empañen los cristales. A continuación, cojo el frasquito de gel y lo guardo en el bolso. Al principio, suponía un esfuerzo colocarme la mascarilla, buscar el envase apropiado de gel para el bolso, pero una vez superado todo ello, he descubierto que esta nueva rutina es más práctica y rápida que la de antes de la pandemia.

Ahora, ante el espejo, con la cara tapada por las mascarilla, no tengo que preocuparme de perfilar los labios antes de darme el rouge, o de que las mejillas estén igualadas con el colorete, o en los pocos días en los que me daba maquillaje, comprobar la uniformidad en todo el rostro.

Ahora, ante el espejo, con la mascarilla puesta, mirándome a los ojos, descubro lo que intuía cuando empezó la «fase 1» y que ya comenté en uno de los post anteriores sobre mis descubrimientos en este tiempo de coronavirus: La importancia del lenguaje de las miradas cuando se cruzan al tener la cara tapada. Ha llegado ese momento en el que el maquillaje de los ojos sea una herramienta imprescindible en el impredecible lenguaje de la mirada, al perder, en parte, la expresión facial con la mascarilla.

Ahora, ante el espejo, descubro que en el maquillaje de la nueva normalidad, los ojos son  los protagonistas.

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