Este viaje lo teníamos programado desde hacía muchos meses y teníamos puesta mucha ilusión en él, pero en algún momento, a lo largo de este tiempo, hemos estado a punto de no poder hacerlo, por causas ajenas a nuestra voluntad. Afortunadamente, hemos podido realizarlo y ha sido un viaje maravilloso del que guardaremos siempre un precioso recuerdo.
Día 1.- Salimos del aeropuerto, a la hora prevista, con destino a Estrasburgo llenos de emoción y ganas de comenzar la aventura de ir en un barco por el curso del río Rhin.

Llegamos a Estrasburgo con una temperatura de pleno verano que apetecía disfrutar de sus calles y sus lugares de interés. Lo primero que hicimos fue tomar un «tentempié» y visitar una parte de la ciudad, antes de llegar al barco.
Estrasburgo, ciudad multicultural, es la capital de La Alsacia. Importante para los pueblos romanos, alemanes y franceses que quisieron esta ciudad por su sitio estratégio. Hasta el siglo V fue de los romanos y se llamó «Argenturatu», después vinieron los germanos y en el siglo XVII entró a formar parte de Francia. Hasta el año 1870 que de nuevo la toma Alemania y volvió a ser germana. No duró demasiado tiempo perteneciendo a Alemania, ya que, en la primera guerra mundial, Estrasburgo volvería a ser parte de Francia, pero de nuevo en la segunda guerra mundial desde el año 1940 a 1944 los alemanes volvieron a tomar la ciudad, obligando a los ciudadanos de Alsacia a luchar en el frente ruso en el lado alemán. Desde 1944, que perdió la guerra Alemania, Estrasburgo pertenece a Francia. En 1949 se fundó en esta ciudad el Consejo de Europa. También es sede del Parlamento Europeo.
La catedral preside la ciudad. Todas las calles conducen a ella, aunque hay una muy especial, la rue Mercière, desde donde se puede contemplar la vista más espectacular.
Desde la catedral, pasando por la plaza Gutenberg, llegamos al barrio llamado la «Petite France», uno de los barrios más antiguos de la ciudad. En la Edad Media, era la zona de los curtidores y mataderos. Hoy es un barrio totalmente turístico, pero que conserva su encanto, con estrechas callejuelas, casas de entramado de madera, puentes por donde pasa el río Ille, afluente del Rhin, regulando su cauce a través de canales y esclusas.
Después de visitar esta parte de la ciudad, nos dirigimos al puerto donde nos esperaba el barco que, durante una semana, iba a ser nuestra casa. A primera vista, nos dio muy buena impresión y una vez que estuvimos recorriendo todas sus instalaciones, nos gustó mucho más.
Después de acomodarnos en el camarote, nos dirigimos al salón donde tenemos una copa y cena de bienvenida, empezando a conocer, tanto al personal del barco, como al resto de viajeros que conformamos el viaje.
Día 2.- Estrasburgo. Comenzamos la visita a la ciudad por el barrio de las instituciones europeas, donde se encuentran el Parlamento Europeo, Consejo de Europa, Palacio de los Derechos Humanos para volver de nuevo a visitar la catedral, Notre Dame, maravilla del arte gótico, con la sorpresa de ver, en su interior, un reloj astronómico que data del siglo XVI, en el que se muestra la posición del sol, las fases de la luna, a la vez que los signos del zodiaco, la hora, e incluso el tiempo. Una vez finalizada la visita a la catedral, vamos caminando hacia el casco histórico, donde pasear es una delicia. En Estrasburgo, al ser una ciudad mitad francesa, mitad alemana, lo mismo podemos comer un buen queso francés, que tomarnos una buena cerveza alemana acompañada del típico bretzel.
Otro de los lugares interesantes de Estrasburgo es la «Neustadt» o «barrio alemán». Sus construcciones, sus parques, se diferencian del resto y está considerado como uno de los mejores testimonios de la arquitectura del imperio alemán. La plaza Broglie, donde se encuentra el Ayuntamiento, en la que hay una escultura del mariscal Leclerc, oficial militar que jugó un papel destacado en la liberación de Francia durante la segunda guerra mundial.
Llegamos al barco después de un día fantástico en esta preciosa ciudad y aún nos quedan fuerzas para disfrutar de la fiesta que nos tienen preparada. Noche de navegación.
Día3 .- Mannheim/Rudesheim.- Cuando nos despertamos, estamos atracados en Mannheim, segundo puerto fluvial de Alemania. Una ciudad que, durante largos años, fue un pueblo de pescadores sin demasiada importancia, pasó a ser una ciudad con mucha actividad industrial, bombardeada, de punta a punta, durante la segunda guerra mundial, y hoy es una ciudad multicultural, en la que su universidad está considerada como una de las mejores de Alemania.
Salimos del barco caminando hacia La Torre del Agua, emblema de la ciudad. Se trata de una obra barroca con unos maravillosos jardines al fondo, rodeada de fuentes y flores. Desde allí nos dirigimos, paseando, con una agradable temperatura, tomando el pulso a la vida de la ciudad, hacia la iglesia de los Jesuitas, joya arquitectónica del siglo XVIII.
Después de pasar la mañana en Mannheim, salimos hacia Rudesheim, capital del vino, donde comienza la ruta romántica del Rhin, o también, como la llaman otros, la ruta de los castillos del Rhin. Llegamos hacia las 18,00 h. a visitar un pueblo de cuento, con innumerables viñedos en los que se cultiva la uva riesling, una variedad de uva blanca. La cultura del vino está presente en todos los rincones de este bonito pueblo. Tiene un castillo del siglo X, que alberga el museo del vino. La calles Oberstrasse y Drosselgasse,(más bien estrecho callejón) son las más concurridas, llena de bares, restaurantes y tiendas. Paseando por el pueblo, nos encontramos con un bonito castillo de estilo renacentista que actualmente alberga el Siegsfried’s Mechanisches Musikkabinett, curioso museo de instrumentos musicales de entre los siglos XVIII y XIX. Sin duda, esta pequeña ciudad, nos ha cautivado.
Llegamos al barco a la hora de la cena y nos disponemos a pasar otra noche de fiesta con los fantásticos animadores, convertidos en dos marineros de la tripulación En esta ocasión, es el juego «Pasablablabla naútico». Risas aseguradas.
Día 4.- Coblenza. Mañana de navegación por uno de los parajes más bonitos del viaje. Desde el barco, podemos contemplar pintorescos pueblos a orillas del río, grandes fortalezas y numerosos castillos. Esta zona de los valles medios del Rhin está declarada como Patrimonio de la Humanidad por su belleza. El barco, a velocidad de crucero y con una magnífica temperatura, hace que nos sintamos absolutamente relajados admirando la belleza del entorno.
En el km. 554 pasamos junto a la misteriosa roca de la sirena Lorelei. Por la megafonía del barco, nos explican que es una roca de unos 130 metros y según cuenta la leyenda, la sirena, desde el montículo, atraía con sus cantos y susurros a los barcos que por allí navegaban. Los tripulantes, embelesados, se dejaban llevar hasta la puntiaguda roca, donde naufragaban, mientras la sirena sonreía peinando su larga cabellera. Es una zona en la que las corrientes son muy fuertes y la curva que hay que rodear para sortear la roca de la sirena, hace que, en tiempos antiguos, marineros poco experimentados naufragasen por los problemas para pasar por ese risco de Lorelei. Debido a los naufragios, comenzó la leyenda que, en el «Romanticismo», fue resucitada por los alemanes.
En el barco, tuvimos nuestra propia representación de la leyenda, pasando una mañana divertida, donde la belleza del paisaje fue protagonista.
Llegamos a Coblenza, ciudad situada a ambos lados del Rhin con confluencia con el río Mosela. Es la ciudad más grande del estado federal de Renania-Palatinado. En esta ciudad, se encuentra el mundialmente conocido «rincón o triángulo alemán». Es una parte del malecón en la confluencia de los dos ríos, donde está la estatua de Guillermo I, primer emperador de la Alemania unida. Esta estatua quedó totalmente devastada, en 1945, durante la segunda guerra mundial. Finalmente, en 1993, se reconstruyó de nuevo el monumento, quedando elevado por encima de los ríos Rhin y Mosela, lo que supone un lugar muy atractivo para los turistas que vamos a visitar la ciudad.
Comenzamos la visita a pie, a esta pequeña ciudad de gran belleza, por el caso antiguo, donde en una de sus callejuelas figura una pintura muy curiosa sobre su historia. Continuamos hacia la Jesuitenplatz, plaza con mucha vida, que lleva el nombre de los Jesuitas porque los edificios que actualmente forman parte del Ayuntamiento, hace cuatro siglos pertenecieron a esa orden. Junto al Ayuntamiento, al lado de la plaza, figura el Schängelbrunnen, un monumento que se ha convertido en el símbolo de Coblenza pero que en otro tiempo, hacía referencia despectivamente a los hijos que nacían de forma ilegítima entre las mujeres de Coblenza y los soldados franceses en la época de la ocupación francesa. Se trata de la figura de un niño que cada dos o tres minutos suelta un chorro de agua, por lo que es conveniente no ponerse delante. Seguimos caminando y llegamos a la iglesia de San Florin, construida en el siglo XII, pero que en 1820 se convirtió en la primera iglesia protestante de la ciudad. Esta iglesia, con los edificios que conforman la plaza, son uno de los conjuntos arquitectónicos más apreciados de la ciudad. También visitamos la basílica de San Castor, consagrada en el año 836, pero la mayor parte de lo que se conserva data del siglo XII. Es la iglesia más antigua de Coblenza.
Y caminando, caminando, disfrutando de un paseo muy agradable, pasamos por la Gorresplatz, en la que se alza una columna de 10 metros de altura para conmemorar los 2000 años de historia de Coblenza, llegando a continuación al «rincón o triángulo alemán» el monumento más visitado de la ciudad. Entre monumentos e iglesias, también tuvimos tiempo de ir a la cervecería más antigua de Coblenza, Brauhaus, a tomarnos unas merecidas cervezas.
Llegamos al barco con la sensación de plenitud al haber descubierto el encanto de una ciudad poco conocida para la mayoría. Después de cenar, otra sorpresa a bordo. Esta noche toca «FAMA, a bailar».
Día 5.- Colonia. Mañana de relax disfrutando de la navegación y del maravilloso paisaje que tenemos a ambos lados del río. Cuando vamos llegando a Colonia, lo primero que se sobresale en el paisaje, es su gran catedral gótica, la más espectacular de Alemania.
Esta ciudad que fundaron los romanos en el año 38 a.c., actualmente es la cuarta ciudad más grande del país. Fue una de las ciudades más devastadas en la segunda guerra mundial. Comenzamos el paseo a pie por el casco histórico de la ciudad. Una de las ventajas, que tenemos en este precioso viaje, es que el barco atraca dentro de las ciudades que vamos visitando, lo cual hace que podamos ir a pie directamente sin tener que coger ningún medio de transporte para trasladarnos.
Pasear por la orilla del Rhin es una delicia, contemplando el puente Hohenzollern, donde las parejas cuelgan sus candados para sellar su amor, como en tantos otros que hay por todo el mundo. En la orilla derecha, está la iglesia románica de San Martín con unas bonitas torres y al lado unas casas muy típicas de colores, con el año de construcción en sus fachadas. Seguimos por sus callejuelas llegando a la plaza Alter Markt , una de las dos plazas más populares de Colonia. Es una zona muy animada, con muchas cafeterías y restaurantes. En una de las esquinas, vemos dos estatuas, Tünnes y Shäll, personajes del teatro de marionetas que simbolizan la sociedad de Colonia. Uno, campesino, representa al pueblo y dicen que frotarle la nariz nos traerá suerte en el amor. El otro, representa a la burguesía y al frotarle su nariz, nos traerá suerte en el dinero. Muy cerca de allí está el Ayuntamiento de la ciudad. Ubicado en un edificio con mucha historia, “Kölner Rathaus”, su construcción data del siglo XII, aunque actualmente es una reconstrucción por los daños sufridos durante la segunda guerra mundial.
Por el camino nos encontramos con un edificio muy emblemático de la ciudad, casa Farina, donde se encuentra el Museo del Perfume. Allí, se puede conocer el origen del agua de colonia. Desde allí nos dirigimos a la plaza donde está la Catedral de San Pedro y Santa María, que domina toda la ciudad al estar en una pequeña elevación. Es impresionante verla de cerca. Obra maestra del gótico alemán, sus impresionantes torres que se levantan hasta los 157 metros de altura, hacen de ella la catedral más alta de Europa. Espectaculares, también son sus vidrieras y la nave central de 45 metros de alto. En su interior se encuentra un relicario que, supuestamente, son los restos de los Reyes Magos. Está construida con un tipo de piedra que se ennegrece con el paso del tiempo, muy sensible a la contaminación y a las palomas, por lo que siempre está en reparación.
Después de disfrutar de la ciudad y visitar la catedral, nos disponemos a tomar unas cervezas en «Peters Brauhaus» la cervecería más famosa de Colonia. Allí, merendamos la típica «merienda del cervecero» que consiste en carne de codillo cocido, chucrut y puré de patatas, todo un manjar, acompañado de unas ricas cervezas.
Cansados pero felices de estar conociendo una parte de Alemania que no habíamos visitado y que nos está sorprendiendo por su belleza, llegamos al barco a tiempo para ver el espectáculo «GH River» y disfrutar del cocktail del día, el «Cosmopolitan».
Día 6 y 7 Ámsterdam.- Vamos llegando ya al final del viaje. Qué pronto pasa el tiempo cuando lo estamos pasando bien. Hoy, al despertamos, el barco está en movimiento, dejando atrás el país teutón para irnos introduciendo en los Países Bajos. No puedo finalizar mi relato sin mencionar uno de los detalles que nos han hecho disfrutar mucho, la buena calidad de la comida en el barco. Desayunos muy ricos y comidas y cenas con productos frescos y variados, teniendo, alguno de los días, comidas monográficas de productos típicos alemanes. No falta ni un solo día, después de la sobremesa, en el salón principal, degustación de café con pasteles, así como el «cocktail» del día que a lo largo de la semana, hemos ido degustando en sus múltiples variedades.
Hoy, tenemos toda la mañana de navegación con muchas actividades a bordo a cargo de los animadores. Un divertido «bingo bávaro» junto a dos personajes de Bavaria que se han perdido a bordo de nuestro barco. Un curso de «origami», el arte de la papiroflexia, con servilletas de tela. Se pueden hacer verdaderas originalidades. No podía faltar la demostración culinaria del famoso pastel «Apfelstrudel», con la posterior degustación acompañado de un rico café. Mientras todo eso está ocurriendo en el salón panorámico, afuera, en cubierta, podemos ver como el paisaje va cambiando según nos adentramos en Holanda. Una de las curiosidades del viaje son las esclusas que vamos pasando y que nunca habíamos visto. Son obras hidráulicas para vencer los desniveles de agua que hay en el curso del río. Se hace de una forma muy lenta quedando el barco prácticamente parado hasta que se equilibra el nivel de agua, abriéndose la esclusa para poder seguir por el río a otro nivel.
Según nos vamos acercando a Ámsterdam, el río se va abriendo ante nosotros, contemplando un paisaje impresionante dándonos cuenta de la magnitud del puerto de esta ciudad que está situada entre la bahía del IJ al norte y a las orillas del río Amstel. Fue fundada en el siglo XII como un pequeño pueblo pesquero. En la actualidad es la capital de los Países Bajos, con un gran centro financiero y cultural de proyección internacional.
Desembarcamos al lado la Estación Central. Como ya había comentado, es una gozada estar de inmediato en plena ciudad. Una de las cosas que más me asombran es ver la cantidad inmensa de bicicletas que hay en los aparcamientos y como los carriles bici son verdaderamente importantes, con sus semáforos, que los peatones respetan debidamente.
Después del desembarco, nos disponemos a hacer una excursión por los canales más importantes de Ámsterdam. Tiene 165 canales y es conocida como la Venecia de Norte. La excursión es nocturna y debo decir que no se aprecia igual la belleza de la ciudad por la noche. Aconsejo hacer el crucero por los canales a la luz del día. Los puentes por los que pasamos, las elegantes casas de los comerciantes a los lados de los canales desde la Edad del Siglo de Oro, el puente estrecho llamado «Magere Brug» se disfrutan más por el día. Después de finalizar la visita a los canales, nos adentramos en el famoso «barrio rojo» de Ámsterdam. Es una de las zonas más turísticas de la ciudad, donde se ve a las prostitutas mostrando su cuerpo en los escaparates y según nos cuentan, son trabajadoras que contribuyen con sus impuestos como cualquier trabajador holandés. Es un barrio con mucho ambiente lleno de turistas. No se pueden hacer fotos ni vídeos. Salimos con una sensación agridulce, regresando al barco, ya pasada la medianoche, en un agradable paseo, a pesar de hacer algo de frío.
A la mañana siguiente, después de dar cuenta de un buen desayuno, nos vamos a conocer la ciudad desde otra perspectiva. Comenzamos la visita de buena mañana y nada más salir del barco, nos quedamos impresionados viendo el gran número de bicicletas que vienen por su carril, por el que tenemos que pasar para ir al otro lado de la calle. Conseguir cruzarlo, es el primer riesgo del día al que nos sometemos.
Ámsterdam es una ciudad increíble que para verla, al menos, se necesita una semana. Queda pendiente en mi lista de viajes, volver con calma para disfrutar de ella, ver sus interesantes museos y disfrutar de la vida cultural tan rica que tiene. Aún así, vamos dispuestos a ver todo lo que podamos en el día. Una de las agradables sorpresas que nos tenía deparada la visita a la ciudad, son las casas flotantes que hay en los canales y que tan bien se ven por el día. Actualmente, hay más de dos mil casas flotantes. Este tipo de viviendas surgió después de la segunda guerra mundial, debido a la escasez de vivienda en aquel tiempo. Lo mejor de estas casas es su ubicación, con unas vistas increíbles de los maravillosos edificios que rodean los canales. Otro lugar sorprendente de Ámsterdam es el barrio del Jordaan, donde se encuentra la Casa Museo de Ana Frank. Este barrio se construyó en el siglo XVII siguiendo la línea de los antiguos diques por lo que la orientación de las calles es diferente. Un barrio con mucho ambiente, tiendas, galerías de arte y restaurantes.
Pasamos por el Museo Van Gogh y nos paramos en la plaza de Rembrandt, Rembrandtplein, en homenaje a este influyente pintor holandés. En esta plaza además de la estatua del pintor, hay a su alrededor, veintidós estatuas en clara referencia a su cuadro «La ronda de noche». Es una plaza muy visitada, con muchos bares y restaurantes. Cerca de allí esta otro lugar de visita obligada, el mercado de las flores. Este mercado no se asienta sobre tierra firme, está en barcazas o plataformas flotantes atracadas en los muelles del canal. Allí encontramos, sobre todo, tulipanes de todos los colores, semillas y bulbos para poder llevarnos a casa. Hay un gran número de cafés, restaurantes, donde aprovechamos para tomarnos un «tentempié». Aunque popularmente se le conoce como mercado de las flores, hay muchas tiendas en las que se puede comprar regalos y por supuesto, el típico queso del país, «Gouda». Callejeando, llegamos a la famosa plaza DAM, corazón de la ciudad, lugar con mucho ambiente, siendo punto de encuentro tanto para los habitantes como para los turistas. Cada rincón de esta gran ciudad que vamos descubriendo es más bonito y más nos gusta. Una gran ciudad que merece la pena visitar.
Cerca de Ámsterdam hay dos pueblos que por su belleza, no podemos dejar de visitar, Zaanse Schans y Edam.
Desde donde nos deja el autobús hasta donde se encuentran los molinos de Zaanse Schans hay un precioso paseo con una vereda en la que alrededor todo es verde. Es un paisaje de cuento que nos deja maravillados. Cuando llegamos a la zona, se abre un paisaje impresionante contemplando el río y los molinos alrededor. Nos cuentan que los molinos se crearon en los siglos XVII y XVIII y actualmente, hay varios que se pueden visitar por dentro y que aún están activos. Visitamos el «De Huisman», un molino de especias. En este pueblo han sabido conservar muy bien la tradición de su arquitectura y el entorno. Preciosas casitas de madera de colores, con los canales que las rodean. Caminando, llegamos a una fábrica de quesos típicos holandeses donde nos enseñan la elaboración, degustando después sus variedades, con tienda para hacer compras al final de la visita.
Dejamos este precioso pueblo y nos trasladamos a otro no menos bonito, Edam. Ciudad fundada en el siglo XII que tuvo mucha importancia durante el siglo XVI, llegando a tener treinta y tres muelles, por lo que fue una de las grandes ciudades portuarias del norte de Holanda. En la actualidad es famosa internacionalmente por sus quesos. Nada más bajar del autobús nos encontramos con otro pueblo de postal, con múltiples canales y un paisaje de ensueño. Vamos caminando, siguiendo uno de los canales que nos lleva hacia el centro del pueblo. Allí, nos perdemos en cada calle, en cada rincón, admirando su belleza. Aún conserva muchas construcciones de aquella época, casas de madera al lado de los canales, templos como la iglesia de San Nicolás, construida a principios del siglo XV o el edificio del Ayuntamiento construido en 1737.
Visitas obligadas a estos dos pueblos con tanto encanto, estando en Ámsterdam.
Finalizamos la jornada con un acontecimiento importante en el barco, la cena del capitán. Un cena muy especial, con la presencia del capitán del barco, en la que todos vamos con nuestras mejores galas. Y después de la cena, la gran traca final. Un magnífico espectáculo con una señorita muy especial del Moulin Rouge que se sube a nuestro barco para rodar escenas de la época del cancán. Con música, risas y diversión acabamos la noche.
Día 8.- Hoy sí que ya finaliza este fantástico viaje. Después de desayunar, nos dirigimos hacia el aeropuerto rumbo a casa, con nuestras mochilas repletas de felicidad aparte de regalos.
Ha sido un viaje espectacular donde hemos descansado a la vez que nos hemos divertido. Nos han encantado todas las ciudades por las que hemos pasado y la estancia en el barco, ha sido maravillosa. Viaje absolutamente recomendable. ¡¡¡Felices!!!